Faneca Brava

Travel Aventura

Buuenasss, soy una Faneca, si uno de esos pequeños peces tan odiados en verano, simplemente porque pincho, no siempre queriendo, los pies a los bañistas. Bueno, esa es su versión de los hechos. Lo que nadie sabe, es que yo estoy reposando, descansado en la placida orilla del mar, disfrutando del verano y son los bañistas los que invaden mi espacio vital y me pisan sin contemplación. Que voy a hacer yo, tengo que defenderme, es defensa propia, instinto de supervivencia.

Veo que este año, el buen tiempo ya está aquí, con la clara repercusión del fin de mi paz en la orilla. El verano acarrea a miles de seres humanos a la playa, todos juntos vendrán a poner fin a mi paz, mi sosiego y yo claro, no tendré más remedio que volver a ser un pez malo y sacar a relucir mi carácter. De momento, disfruto de la tranquilidad de estas aguas, porque esa es otra cuestión, nada más llegar el buen tiempo el agua se llena de barcos, de lanchas y todo lo que flota lleva un humano encima. Pero ahora…mmmm, ahora estoy tranquila, viajando de un lado a otro de la costa, moviéndome a mis anchas por la orilla, esquivando las trampas de los pescadores, esa es mi rutina diaria, pero me gusta.

Bueno, me olvidaba comentaros que mi zona de hábitat es la costa de las Rías Gallegas, la zona sur más conocida como Rías Baixas, el agua es más calentita, exceptuando las orillas de las Cíes, O Grove o la Illa de Arousa, donde la temperatura me paraliza las espinas, no por allí ya no me voy, la edad pasa factura y no estoy para esos fríos. Me gustan las corrientes más suaves, porque a mí, las aguas agitadas me marean. Hace un tiempo habité en la zona de Fisterra, ahí donde se termina el mundo, pero esa no era vida para mi, todo el día eléctrica por culpa de las mareas vivas y el oleaje. Nada, un día hice las maletas y aquí estoy, esto sí es vida y salvo momentos puntuales como la tragedia del Prestige, la vida aquí es placida y tranquila, eso sí, hasta que llega el verano.

Ahora estoy en Catoira, donde confluyen las aguas del océano y las del río Ulla, desde este lugar, me dicen que desenbarcaron los restos del Apóstol Santiago hacia Iría Flavia y desde allí a la que hoy es la catedral. Bueno, son leyendas que pasan de padres a hijos, ya sabéis como es eso. Me gusta moverme por estas aguas, son tranquilas y desde este lugar veo las torres vikingas. En la Edad Media, época en la que yo no había nacido, esta zona de Galicia era el objetivo de los piratas normandos y vikingos del Norte de Europa, así como los sarracenos del norte de África, los humanos son muy peculiares y siempre están a la greña. A principios del Siglo IX, Alfonso III mando construir el Castellum Honesti para hacer frente a los barbaros invasores. El emplazamiento elegido fue, justo donde ahora me encuentro, en la desembocadura del río Ulla. Durante siglos esta fortaleza contuvo todas las incursiones que venían del mar con el fin de atacar la ciudad de Santiago de Compostela. Ahora la mayor parte del año, este lugar permanece solitario hasta el primer domingo de agosto, que es cuando se celebra el desembarco vikingo. Es un día muy peligroso para mi, corro el riesgo de morir aplastada por la muchedumbre que salta de los barcos como poseídos, ese día nunca estoy por estas aguas.

Otro de mis lugares favoritos es Cambados, desde la orilla veo las luces del pueblo al atardecer, las bonitas puestas de sol y sin duda mi lugar preferido son los bajos de la Torre de San Sadurniño. Los múgeles, que siempre están dando vueltas por la zona, me han dicho que por aquí estuvieron también los vikingos. Es por ello, que el Arzobispo Diego Gelmirez mandó construir esta torre para la defensa de la Ría, en unión de las que existían en A Lanzada y en Catoira. Así, cualquier incursión de los piratas era correspondida con el encendido de hogueras en su parte superior alertando a la población. En el siglo XIII fue reformada por el arzobispo Gelmírez, pero los Irmandiños la destruyeron un siglo después. Así fueron pasando los años hasta quedar en el estado que presenta hoy, desmoronada por los siglos, pero me encanta este lugar. Mas allá de la fachada marítima dicen que hay otras maravillas, el Pazo de Ferfiñans, o las ruinas de Santa Mariña, pero claro, yo nunca las veré.

Sanxenxo es muy bonito, pero en época estival me saturan tantos pies en el agua, demasiados bañistas en tan poco espacio, además las picaduras no suelen ser de calidad, vamos que no me aportan nada, pero me da cierto morbo picar a estos pijos de ciudad. Sin darme cuenta estoy nadando entre rías, de la de Vilagarcia a la ría de Pontevedra, aguas ya industriales, con mucho barco y aparejo de pesca, trampas en definitiva para una faneca indefensa como yo. Las rompientes de A Costa da vela y sus acantilados son para mí como las grandes olas a los surferos, son mares bravíos, agitados y adrenalínicos. Me gusta la emoción, pero solo de vez en cuando. El final de los acantilados y los peligros, están marcados por los faros de Cabo Home y vuelven las aguas tranquilas de la ría de Vigo, en la que casi nunca entro, aquí el agua ya sabe mucho a ciudad y yo soy más bien un espíritu libre, enfilo mis aletas hacia la playa de Barra y me camuflo en la arena, esperando acariciar alguna planta de pie con mis espinitas, eso me va en las escamas, no lo puedo evitar, espero que me perdonéis si algún día me notáis bajo vuestro pie, pues ya será tarde.

Anxo Rial