Krzysztof vivía anclado en las orillas de una carretera comarcal, una estrecha carretera sin arcén al noroeste de Polonia. Estaba soldado literalmente al suelo. El era simplemente un pequeño y feliz árbol polaco.  Cada  vez que un coche surcaba la estrecha y solitaria carretera, el simple viento a su paso, bastaba para hacer soñar a Krzysztof con los grandes vendavales, con los vientos invernales que solo se atrevían a doblar a los arboles de gran porte. El quería ser mayor, grande, enorme como sus vecinos de la carretera solitaria y mantener luchas imaginarias, largas batallas con los huracanes de la fría Polonia.

Una mañana gélida de principios de otoño, Krzysztof hubiese pegado un gran salto, si en vez de raíces tuviera extremidades. Un monstruoso estruendo metálico sacudió el suelo, enormes maquinas invadieron la, hasta entonces silenciosa y tranquila carretera, pisoteando todo a su paso. Había llegado el momento de poner un nuevo pavimento, de modernizarse gracias a los fondos europeos y darle unas dimensiones nuevas a anticuado vial del noroeste de Polonia. El progreso, la comunicación y las necesidades de los humanos reclamaban más espacio para la hasta entonces olvidada vía y había que hacer un camino asfaltado de primera categoría. Uno a uno, los grandes árboles que delimitaban la carretera desde hacía muchos años fueron cortados y arrancados del suelo. Los grandes colosos que habían soportado las ventiscas invernales y los duros inviernos sucumbieron ante las atroces maquinas. Hojas doradas por el sol del otoño caían al pavimento, abandonadas, desorientadas y pisoteadas por las ruedas de grandes tacos negros como la muerte. Krzysztof podría haber llorado ante tanta crueldad, pero era simplemente un árbol, un pequeño árbol polaco.

A medida que pasaban los días, lo que hasta ese momento había sido una típica carretera bellamente enmarcada por arboles a su vera, se había convertido en un paramo feo y desordenado. Lo tenía claro, solo era cuestión de tiempo. Sabía que nunca llegaría a ser tan alto como para ver desde las alturas los rojos campos de amapolas en primavera. Nunca acumularía años en su tronco, no tendría historias que contar al viento. Estaba condenado.

Y el temido día llego, unas manos tiraron de Krzysztof con fuerza y le fueron separando de la tierra que lo había visto nacer. Sin despedidas fue depositado en el interior de una bolsa negra con tan solo un poco de agua. Junto a él, otro semejante, del mismo tamaño y con la misma suerte, con el que compartir espacios y tinieblas. Bueno, pensó, una muerte lenta, pero no traumática, sería peor ser troceado y desangrado a la vista de sus vecinos. El arbolito de la carretera solitaria del noroeste de Polonia, languideció en un sueño lento, abandonándose a su suerte y a la oscuridad.

Lo que parecía un fin, fue en realidad su salvación. Hoy miles de kilómetros después, también en el norte, pero de España, Krzysztof tiene una nueva vida. Crece con ánimo de ser tan alto como para ver los campos desde las alturas y tener batallas con el viento. Es en las cálidas noches de verano, cuando la luna tiñe de plata sus grandes hojas verdes, es ahí cuando se deja guiar por la estrellas, viajando de nuevo hasta la estrecha, lejana y solitaria carretera del noroeste de Polonia.

Anxo Rial.

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