La villa marinera de Laxe se extiende abrigada de los vientos hacia la media luna que forma su pequeña ensenada, donde una playa de fina arena combina un sistema de dunas, que ejercen de barrera natural a las brisas del océano. El pueblo se encuentra en pleno corazón de A Costa da Morte, una franja litoral que obedece a grandes desgracias marítimas, un terreno de espectaculares paisajes, que combina a partes iguales lo trágico y la solidaridad de sus habitantes.

El lugar ya fue habitado mucho antes de la Era Cristiana, restos del Castro de Torre de Moa, en la cercana Traba, el Castro da Cidade o el Dolmen de Dombate, a escasos kilómetros de Laxe atestiguan esa presencia prehistórica.  Pero fue en el siglo XII, cuando el lugar comienza a destacar, pues en la zona tenía sus residencias oficiales el rey Alfonso IX. Doña Urraca de Moscoso también vivió en un caserío, del que todavía se conservan restos, en una época medieval convulsa, llena de disputas por las tierras y linajes.

Hoy Laxe presenta una imagen donde el mar se respira por los cuatro costados, una atmósfera que le ha valido como reclamo a sus visitantes y artistas. Este lugar siempre ejerció gran influencia en pintores y amantes de la fotografía, que de alguna forma trataron de capturar en sus obras este ambiente marinero de estrechas callejuelas y rincones donde la tradición y el mar está presente. Esta conjunción pictórica fue también la causante de que el pueblo se hiciera popular a finales de los años 90, cuando la serie de televisión gallega “Mareas Vivas”, se inspiraba en Laxe para crear el ficticio pueblo de Portozás y rodar en sus calles los planos exteriores de la serie. Esa fue la mejor promoción turística que podrían tener y Laxe quedo situado en el mapa como el pueblo típico y marinero que hoy conocemos.

Un paseo por el pueblo nos descubre La Casa do Arco, uno de los edificios más representativos de Laxe y que nos remonta al siglo XV o la casa natal de uno de los ilustres de la villa, el geólogo D. Isidro Parga Pondal, descendiente del poeta Eduardo Pondal, autor del poema “Os Pinos”, cuyas primeras estrofas forman la letra del Himno Gallego. La Rúa Real nos conduce entre casas marineras de origen medieval hasta la magnífica iglesia románica de Santa María de la Atalaya, cuya ubicación en promontorio y arquitectura maciza son prueba viviente del carácter defensivo de la villa.

Los acantilados de Punta do Costado y Punta do Boi, alojan  la solitaria torre del faro, instalado en el lugar en 1928, después de que varias tragedias marinas situaran estas rompientes en las cartas marinas. El lugar es espectacular para la contemplación del mar y no hay nada como situarse en el mirador de “La Espera” en un día de oleaje revuelto y contemplar como las olas se deshacen en espuma contra los afilados acantilados. La playa de los cristales pone el punto brillante a esta visita a Laxe. En el lugar existía antiguamente un vertedero donde miles de botellas de todos los colores terminaban en añicos por las embestidas del mar, que al igual que una trituradora natural, acabo por convertir los recipientes de cristal en miles de pequeños y brillantes granos de color. Es un espectáculo ver como la arena aparece ante nuestros ojos brillando en miles de pequeños diamantes. Solo recordar que está prohibido llevarse los cristales y el dejar el lugar igual que nos lo encontramos asegura la mágica visión a futuras generaciones.

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