Ahora que los calores del verano aprietan, es un buen momento para visitar lugares elevados, donde las brisas, son a menudo buenas compañeras de viaje. Nos vamos pues hacia las alturas y visitamos la Sierra dos Ancares. El lugar era hasta no hace mucho uno de los espacios más aislados de la comunidad gallega, esta circunstancia lejos de ser un impedimento, ha sido una bendición para la zona y ha contribuido a conservar prácticamente intactas las costumbres, la arquitectura y el paisaje de esta extensa y accidentada comarca.

Tras circular por estrechas y sinuosas carreteras con un cautivador paisaje, llegamos a las faldas del pico Mosteirón, allí con excelentes panorámicas sobre el valle de Ramisquedo, se asienta Piornedo, unos de los pueblos más visitados de toda la sierra. Dos peregrinos descansando aparecen tallados sobre la fuente que da entrada a la aldea, en ella reza la inscripción, “Hízose en 1787. Viva Piornedo” y todo bajo la protección de una cruz, es la bienvenida a este pueblo singular. O Piornedo concentra entre sus muros la arquitectura y la historia de esta zona de montaña y las pallozas son consideradas un símbolo en Galicia, su fisonomía toca en el ADN de los gallegos al acercarse a los antiguos castros celtas y los tiempos prerromanos. Aquí en O Piornedo podremos observar como en ningún otro lugar de la comunidad esta arquitectura familiar, donde bajo un mismo techo se cobijaban los habitantes de la palloza, servía de almacén y mantenía alejados de las alimañas a sus animales domésticos.

Para ver realmente como era la vida en su interior, es recomendable adentrarse en la Palloza Museo Casa do Sesto y atisbar entre la penumbra de la vivienda las distintas dependencias y los numerosos utensilios que servían para el mantenimiento diario del hogar y el trabajo exterior en el campo. Todo el conjunto tiene el poder de conseguir que retrocedamos muchos años atrás, cuando el pueblo no disfrutaba de carretera y sus habitantes eran autosuficientes. La misma sensación la tenemos al recorrer la calle empedrada que serpentea a través de las 27 pallozas y los 12 hórreos, estos últimos de similar construcción que los vecinos asturianos. Las últimas casas dan paso a la pequeña ermita de San Lorenzo, de una sola planta y tosca construcción de sillería granítica, en sus aledaños, una modesta colina nos permite una fantástica visión de esta aldea de montaña.

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