El conjunto monumental se asienta silencioso en una de las laderas que forman el valle del Alén, un arroyo que surca con lentitud la vaguada, bañando campos de cultivo y actuando como marcador entre las tierra de O Covelo y Mondariz, para terminar su recorrido pagando tributo al rio Tea. Acostumbrados como estamos a las prisas del camino, sorprende cuando desde las alturas de la retorcida carretera, divisamos un conjunto que la sola visión ya transmite la añorada tranquilidad.

Barciademera prosperó como parroquia cuando ligo su existencia al monasterio de Melón, en las tierras de la vecina Ourense. Una vinculación que se mantuvo desde el siglo XII hasta el siglo XIX. Un largo tiempo donde los habitantes del Coto de Barciademera, estaban obligados a tributar al monasterio con vino, pan y lino. Además de someterse a la condición de vasallos del cenobio, debían también contribuir con el pago de la luctuosa, de esta forma el monasterio recibía tributo de parte de los bienes que dejaba el difunto como herencia. La importancia del lugar queda manifiesta en la elaborada arquitectura de este conjunto. La iglesia, diversas dependencias para el almacenaje, el camposanto y la espectacular casa rectoral forman una piña de solido granito gastado por los siglos. Lo primero que asombra y llama poderosamente la atención es la ornamentada portada de la casa rectoral, donde se observa un estilo precolombino en algunas de las figuras, decoración nada habitual en Galicia y que contrasta con la sobriedad barroca del resto del inmueble. Sobre el portalón se encuentra un lienzo pétreo, donde destaca el “atlante”, replica del gigante de la mitología helénica, que se ve obligado a sostener el firmamento sobre sus hombros, como penitencia y condena por parte de Zeus. Sobresalen de todo el conjunto dos figuras en forma de ave que se ubican a ambos lados de la ornamentación. Sobre el dintel de entrada se nos marca la fecha de 1752, como probable referencia a la finalización de la obra, una construcción dispuesta por el abad Alberto Barreiro y Bello, educado bajo las doctrinas del colegio Fonseca y claro representante de la más que controvertida Santa Inquisición.

Si bien la casa rectoral no es visitable, esta casona de mediados del siglo XVI, conserva en su interior una cocina con una curiosa chimenea cilíndrica, delicadamente labrada y única en Galicia, además una imponente lareira, caballerizas, un patio interior e incluso un molino, lo que nos indica la importancia y estatus de sus habitantes de entonces. El perímetro que rodea el templo esta surcado por un pequeño viacrucis, que conjuntamente con el atrio y el camposanto, crea uno de los espacios más singulares del barroco gallego y una magnifica alternativa para el ocio veraniego.

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