La carretera abandona las tierras fértiles y abrigadas de Barizo, para emprender una escalada al Monte Nariga, donde desde las alturas, la modesta capilla de San Nicolás, hace de frontera entre el mundo de los vivos y los indómitos paisajes que pueblan la redondeada cima de este promontorio rocoso. El estrecho camino asfaltado serpentea por el único paso posible hacia Punta Nariga. Es un recorrido lleno de piedras de formas tan posibles como nuestra imaginación esté dispuesta a crear. Granito marino gastado por una brisa incesante, que en los días más crudos del invierno convierten al viento en un escultor incansable. Cuando la figura del faro aparece recortada contra el horizonte, es cuando comprendemos y nos percatamos de la importancia que un buen emplazamiento y un faro gana muchos enteros, dependiendo del lugar escogido para su destino final.

Estas rompientes solo podría albergar un edificio acorde con la espectacularidad de este maravilloso escenario y el edificio que alberga el faro de Punta Nariga, es de los más bellos y originales de toda la costa da Morte. Fue en 1985 cuando el Plan de Señales Marítimas se plantea  instalar una luz que facilitara una navegación segura en este peligroso tramo costero entre el Cabo San Adrián y la Luz de Roncudo y para el lugar se pretendía algo singular, diferente y estéticamente rompedor.

Se contacta con el arquitecto Cesar Portela, que comienza a hilar el boceto de lo que sería el edificio que contemplamos en la actualidad. Sobre el pedregoso cabo se eleva un conjunto de volúmenes, donde no faltan cilindros, prismas, triángulos, esferas y todo ello, se fusiona con la estética de los esbeltos faros del siglo XIX, donde no falta una parte, que mirando directamente al océano, nos semeja la proa de un barco apuntando a un horizonte plano, infinito, donde la escultura en bronce del Atlante de Manolo Coia, invitan a la meditación.

Unas empinadas escaleras, que tienen su réplica invertida, nos elevan hasta la planta superior del farero, donde de nuevo encontramos una plataforma exterior que sirve de privilegiada atalaya. Es aquí donde se asienta un nuevo volumen dentro de complejo arquitectónico del faro. La torre del faro es un cilindro de más de cinco metros de diámetro y veinticinco metros de altura, los necesarios para alcanzar los cincuenta metros indispensables para que la proyección de su luz se prolongue las cuarenta y dos millas de alcance geográfico y  sirva para su mayor propósito, la ayuda al navegante.

El faro de Punta Nariga se construyó entre los años 1993 y 1995, dotando al lugar, no solo de las consabidas y necesarias medidas de seguridad para la navegación, sino también de una estética humana a los agrestes acantilados. Las soluciones arquitectónicas adoptadas por Cesar Portela, le sirvieron para recibir en 1996 el premio Dragados y Construcciones de Arquitectura.  El faro fue definitivamente encendido un 22 de Enero de 1998 como faro de primer orden y completamente automatizado.

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