Cuando el avión hace tierra, ya me había olvidado de que esta existía, después de 26 horas de vuelo, el mundo se reduce a una cabina de avión, unas cuantas azafatas, gente nerviosa, niños llorando y nubes que impiden ver lo lejos que estamos de nuestro medio natural.

Pero afortunadamente ya estoy en el aeropuerto de Auckland, Nueva Zelanda. Un aeródromo pequeño, acogedor y moderno. En el exterior me aguarda la que será mi casa en las próximas semanas, una enorme camper, con el volante a la derecha. Empezamos bien. Tengo que conducir concentrado por la izquierda y las rotondas tienden a hacerme la vida imposible, menos mal que los neozelandeses son extremadamente amables al volante y lo perdonan casi todo. Auckland es un lugar ideal para disfrutar de la vida urbana, la ciudad abierta al mar, pero sin edificios que impidan ver el mar, no sé si pilláis la ironía.

Bueno Auckland es una maravilla y punto, así que lo mejor es dar una vuelta por el centro. Uno de cada tres neozelandeses vive en esta urbe o en los alrededores y la verdad no me extraña. La mezcla de habitantes europeos, maoríes, polinesios y asiáticos, dan a la ciudad una diversidad cultural y cosmopolita que ya quisieran para sí muchas ciudades europeas. Ya que estoy en el kilometro “0” lo mejor es subir a los 328 metros de la Sky Tower, desde su restaurante giratorio las vistas de la cuidad y el puerto son espectaculares. Disfruto de un café, mientas la mirada se pierde en el horizonte, entre colinas verdes, casitas de madera y veleros, hay muchos. Auckland tiene la reputación de ser la ciudad con el mayor número de barcos de recreo del mundo.

Pierdo todo el día en esta tranquila ciudad, que buena manera de “malgastar” mi tiempo. Después de una cena y con el tráfico más calmado, me echo de nuevo a la carretera con este mamotreto de cuatro ruedas. De momento me dirijo hacia las grandes llanuras verdes de la isla norte siguiendo la nacional 5 hacia Rotorua, la ciudad maorí por excelencia, pero eso lo veré mañana.

Despierto a las orillas del Lago Rotorua, la bruma se evapora con los primeros rayos de soy. No doy crédito al espectáculo, esto es increíblemente bonito. Pero lo más reconfortante es que nadie presiona al viajero, la tranquilidad es absoluta, casi irreal para mí, un turista europeo. Rotorua es el centro termal de la isla norte y uno de los destinos turísticos más populares. Aquí hay todo tipo de piscinas, aguas minerales y tratamientos para los amantes de los balnearios. No me voy sin visitar Waiotapu Thermal Wonderland y su humeante piscina champan.

Tomando como referencia el Mar de Tasmania, voy recorriendo la isla, bajando hacia la localidad de Wellington. Colinas onduladas, prados tapizados de verde, montañas, granjas aisladas, ovejas, caballos y pequeñas poblaciones son las señas de esta parte del país, un paisaje cambiante con cada curva de la carretera.

Wellington es la capital de Nueva Zelanda y el extremo sur de la isla norte, aquí llegaron los colonos europeos a mediados del siglo XIX y hasta ese momento gigantes árboles milenarios cubrían estas tierras. Entre las décadas de 1870 y 1910, toda la zona se convirtió en la base del mayor proyecto de deforestación de país. Hoy, el paisaje es bien distinto, las casas de madera pueblan las laderas que caen al mar y la ciudad resulta tranquila y encantadora.

Desde la colina donde se encuentra el jardín botánico, asentado en un antiguo cementerio, hay unas excelentes vistas de la ciudad y entre sus curiosos edificios se encuentra la construcción de madera más grande del hemisferio sur, un inmueble llamado Old Government Buildings, hoy universidad de derecho. Llega en momento de continuar mi viaje, ahora en barco, el ferry me cruzara a través del Estrecho de Cook a la Isla Sur, nos vemos en el otro lado.

Anxo Rial.

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