Pues allí estaba yo, con mi cámara perdido en un lugar remoto de la Bretaña francesa. Plougrescant, es un lugar famoso por sus acantilados de granito rosa, pero también por una pequeña y coqueta casa entre las rocas.

Plante mi trípode, dispuse la cámara para tomar esa foto ideal, la que nunca conseguimos los amantes de la fotografía, porque siempre pensamos que habrá una mejor. La casa está desde 1861 delimitada entre dos peñascos, al abrigo de los vientos. Desde allí mira a una pequeña laguna. «Castel Meur», que es como se conoce, forma una estampa ideal e idílica.

Todo está preparado, el cielo despejado, con alguna nube de contraste. Como nada es perfecto, de repente una nube del norte se interpone entre el sol y mi objetivo. La Bretaña es famosa por sus cambios meteorológicos. Hace sol, se nubla, llueve y de nuevo se nubla, es la tónica habitual. Tocaba pues armarse de paciencia y esperar.

Deje la cámara en el trípode y esperando una mejor luz, me fui desplazando en torno a una parte de la pequeña laguna. Tal vez podría encontrar una visión mejor, pensé. De pronto, como si hubiese activado con mis pasos un resorte oculto, de la pequeña casa salió con paso presuroso una mujer, que dio con rapidez la vuelta a la laguna espejada. Yo regrese a mi cámara, para seguir esperando la buena luz. La mujer visito su buzón, pero lejos de retroceder de nuevo a refugio entre las rocas, siguió su camino hacia el lugar donde yo me encontraba.

     -Qu’est-ce que tu fais? Vous ne pouvez pas prendre de photos chez moi.

Así, sin más, me clavo con voz firme su opinión sobre lo que estaba haciendo. La mujer visiblemente alterada me explicaba en francés la negativa a dejar que fotografiara la coqueta casa entre las rocas. Finalmente, entre francés, inglés y español, la dueña de la casa me explicó sus razones. Este lugar fue durante años la imagen de la Bretaña en todos los folletos editados por las oficinas de turismo en Francia. Una visión fantástica que ilustraba esta bella costa. Con ello, hordas de visitantes entraban a cualquier hora en la propiedad, hasta que sus dueños emitieron un “basta” y emprendieron un pleito para conseguir que su propiedad fuera excluida de todo tipo de folletos turísticos. A día de hoy, en Francia está prohibida su difusión a nivel comercial. Al final, la sangre no llego a la laguna y ya calmada, la mujer, nieta del primer dueño, me explico la historia de la casa y sus orígenes. Tras la charla, regresó a su bonita casa entre las rocas y el cielo se abrió para la ansiada y perseguida foto.

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